Escritor y pedagogo italiano que vivió entre 1920-1980. En 1970 recicibió reecibió el premio Premio Hans Christian Andersen de literatura infatil. Los cuentosde Rodari poseen un gran sentido del humor y creatividad, son idóneos para desarrollar la expresión escrita y la imaginación.
Una gran cantidad de sus cuentos se pueden encontrar en la Web y concretamente "Cuentos para jugar" tienen la autorización de la RAI para incorporarse íntegros en esta página (cada cuento posee varios finales y hay que adivinar cual es el final del escritor): http://colegios.pereiraeduca.gov.co/instituciones/galeriadigital/Espanol/_Literatura/Doc_web/Libreria%20infantil1/sites/rincon/trabajos_ilce/c_jugar/jugar.html
En cuanto a sus "Cuentos por teléfono" se pueden leer muchos en el siguiente blog:
http://cuentosdegiannirodari.blogspot.com/
Mi cuento favorito de este ingenioso autor se titula "Juan El Distraido" y me recuerda mucho a mí.
JUAN EL DISTRAIDO
Mamá, voy a dar un paseo.
- Bueno, Juan, pero ve con cuidado cuando cruces la calle.
- Está bien mamá. Adiós mamá.
- Eres tan distraído…
- Si, mamá. Adiós mamá.
Juanito se marcha muy contento y durante el primer tramo de la calle pone mucha atención. De vez en cuando se para y se toca.
- ¿Estoy entero? Sí – y se ríe solo.
Está tan contento de su propia atención, que se pone a brincar como un pajarito, pero luego se queda mirando encantado los escaparates, los coches y las nubes, y, lógicamente, comienzan los infortunios.
Un señor le regaña amablemente:
- ¡Pero qué despistado eres! ¿Lo ves? Ya has perdido una mano.
- ¡Anda, es cierto! ¡Pero qué distraído soy!
Se pone a buscarse la mano, pero en cambio se encuentra un bote vacío y piensa: “¿Estará vacío de verdad? Veamos. ¿Y qué había dentro antes de que estuviese vacío? No habrá estado vacío siempre, desde el primer día…”
Juan se olvida de buscarse la mano y luego se olvida también del bote, porque ha visto un perro cojo, y he aquí que al intentar alcanzar al perro cojo antes de que doble la esquina, va y pierde un brazo entero. Pero ni siquiera se da cuenta de ello y sigue corriendo.
Una buena mujer lo llama:
- ¡Juan, Juan!, ¡tu brazo!
Pero ¡quiá!, ni la oye.
- ¡Qué le vamos a hacer! – suspira la mujer - . Se lo llevaré a su mamá.
Y se dirige hacia la casa de la mamá de Juan.
- Señora, aquí de traigo el brazo de su hijito.
- ¡Oh, qué distraído es! Ya no sé qué hacer ni qué decirle.
- Ya se sabe, todos los niños son iguales.
Al cabo de un rato llega otra buena mujer.
- Señora, me he encontrado un pie. ¿No será acaso de su hijo Juan?
- Si, es el suyo, lo reconozco por el agujero del zapato. ¡Oh qué hijo tan distraído tengo! Ya no sé qué hacer ni qué decirle.
- Ya se sabe, todos los niños son iguales.
Al cabo de un rato llega una viejecita, luego el mozo del panadero, luego un tranviario, e incluso una maestra retirada, y todos traen algún pedacito de Juan: una pierna, una oreja, la nariz.
- ¿Es posible que haya un muchacho más distraído que el mío?
- Ah, señora, todos los niños son iguales.
Finalmente llega Juan, brincando sobre una pierna, ya sin orejas ni brazos, pero alegre como siempre, alegre como un pajarito, y su mamá menea la cabeza, se lo coloca todo en su sitio y le da un beso.
- ¿Me falta algo, mamá? ¿He estado atento, mamá?
- Sí, Juan, has estado muy atento.
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