sábado, 3 de diciembre de 2011

GIANNI RODARI

Escritor y pedagogo italiano que vivió entre 1920-1980. En 1970 recicibió reecibió el premio  Premio Hans Christian Andersen de literatura infatil. Los cuentosde Rodari poseen un gran sentido del humor y creatividad, son idóneos para desarrollar la expresión escrita y la imaginación.
Una gran cantidad de sus cuentos se pueden encontrar en la Web y concretamente "Cuentos para jugar" tienen la autorización de la RAI para incorporarse íntegros en esta página (cada cuento posee varios finales y hay que adivinar cual es el final del escritor):  http://colegios.pereiraeduca.gov.co/instituciones/galeriadigital/Espanol/_Literatura/Doc_web/Libreria%20infantil1/sites/rincon/trabajos_ilce/c_jugar/jugar.html
En cuanto a sus "Cuentos por teléfono" se pueden leer muchos en el siguiente blog:
http://cuentosdegiannirodari.blogspot.com/

Mi cuento favorito de este ingenioso autor se titula "Juan El Distraido" y me recuerda mucho a mí.
                                     
                                                                JUAN EL DISTRAIDO
  Mamá, voy a dar un paseo.
-          Bueno, Juan, pero ve con cuidado cuando cruces la calle.
-          Está bien mamá. Adiós mamá.
-          Eres tan distraído…
-          Si, mamá. Adiós mamá.

Juanito se marcha muy contento y durante el primer tramo de la calle pone mucha atención. De vez en cuando se para y se toca.
-          ¿Estoy entero? Sí – y se ríe solo.

Está tan contento de su propia atención, que se pone a brincar como un pajarito, pero luego se queda mirando encantado los escaparates, los coches y las nubes, y, lógicamente, comienzan los infortunios.
Un señor le regaña amablemente:
-         ¡Pero qué despistado eres! ¿Lo ves? Ya has perdido una mano.
-          ¡Anda, es cierto! ¡Pero qué distraído soy!

Se pone a buscarse la mano, pero en cambio se encuentra un bote vacío y piensa: “¿Estará vacío de verdad? Veamos. ¿Y qué había dentro antes de que estuviese vacío? No habrá estado vacío siempre, desde el primer día…”
Juan se olvida de buscarse la mano y luego se olvida también del bote, porque ha visto un perro cojo, y he aquí que al intentar alcanzar al perro cojo antes de que doble la esquina, va y pierde un brazo entero. Pero ni siquiera se da cuenta de ello y sigue corriendo.

Una buena mujer lo llama:
-          ¡Juan, Juan!, ¡tu brazo!

Pero ¡quiá!, ni la oye.
-          ¡Qué le vamos a hacer! – suspira la mujer - . Se lo llevaré a su mamá.

Y se dirige hacia la casa de la mamá de Juan.
-          Señora, aquí de traigo el brazo de su hijito.
-          ¡Oh, qué distraído es! Ya no sé qué hacer ni qué decirle.
-          Ya se sabe, todos los niños son iguales.

Al cabo de un rato llega otra buena mujer.
-          Señora, me he encontrado un pie. ¿No será acaso de su hijo Juan?
-          Si, es el suyo, lo reconozco por el agujero del zapato. ¡Oh qué hijo tan distraído tengo! Ya no sé qué hacer ni qué decirle.
-          Ya se sabe, todos los niños son iguales.

Al cabo de un rato llega una viejecita, luego el mozo del panadero, luego un tranviario, e incluso una maestra retirada, y todos traen algún pedacito de Juan: una pierna, una oreja, la nariz.
-          ¿Es posible que haya un muchacho más distraído que el mío?
-          Ah, señora, todos los niños son iguales.

Finalmente llega Juan, brincando sobre una pierna, ya sin orejas ni brazos, pero alegre como siempre, alegre como un pajarito, y su mamá menea la cabeza, se lo coloca todo en su sitio y le da un beso.
-          ¿Me falta algo, mamá? ¿He estado atento, mamá?
-          Sí, Juan, has estado muy atento.

viernes, 2 de diciembre de 2011

OSCAR WILDE

Sorprendéntemente elijo como cuarto candidato para este blog sobre literatura infantil a este escritor irlandés, que vivó entre los años 1854 y 1900. Porque a pesar de su controvertida vida y el representar en ocasiones un papel frívolo y disoluto; sus cuentos infantiles reflejan una sensibilidad sorprendente repleta de valores. Entre sus cuantos recomiendo "El gigante egoista", "El amigo fiel" y muy especialmente "El príncipe Valiente"; aunque para los más mayoritos puede resultar muy gracioso y motivante "El fantasma de Canterville". A continuación adjunto mi cuento favorito de este escritor:

                                          EL PRÍNCIPE VALIENTE
En lo alto, dominando la ciudad y situada encima de una elevada columna, se hallaba la estatua del Príncipe Feliz. Era una estatua dorada, toda cubierta con delgadas láminas de oro fino; por ojos tenía dos resplandecientes zafiros y un gran rubí brillaba en la empuñadura de su espada.

¡Verdaderamente, se trataba de una estatua admirable!

-Es tan hermosa como una veleta –indicó uno de los concejales, que deseaba ganarse la reputación de tener muy buen gusto artístico-. Solamente que no es tan útil- añadió temiendo que la gente pudiese pensar que era poco práctico, cosa muy alejada de la realidad.

-¿Por qué no serás igual que el Príncipe Feliz? –le preguntó una juiciosa madre a su hijito que lloraba desvariando al pedir la luna- El Príncipe Feliz nunca lloraba pidiendo cualquier cosa.

-Me siento contento al ver que, en el mundo, alguien es completamente dichoso –murmuró un hombre ya sin ilusiones, mirando fijamente la maravillosa estatua.

-¡Tiene el aspecto de un ángel! –exclamaron los niños del Hospicio mientras salían de la catedral con sus resplandecientes capas escarlatas y sus blancos y limpios uniformes.

-¿Qué sabéis vosotros? –preguntó el maestro de matemáticas-, si nunca habéis visto uno.

-¡Claro que sí, los hemos visto en sueños! –respondieron ellos y el maestro de matemáticas los miró muy severo frunciendo el ceño porque no aprobaba el que los niños soñaran.

Cierta noche voló sobre esa misma ciudad una pequeña golondrina. Sus amigas de habían ido a Egipto seis semanas antes, pero ella iba con retraso porque se había enamorado del más hermoso de los junquillos. Ambos se conocieron al principio de la primavera mientras ella volaba sobre el río persiguiendo a una polilla gruesa y amarillenta, fue entonces cuando se sintió atraída por la esbeltez de aquel Junquillo que, inmóvil, no podía ir a su encuentro.

-¿Debo amarte? –quiso saber la golondrina, que se prendó inmediatamente de él en cuanto le hizo una reverencia.

Así pues, voló en círculos alrededor suyo, tocando el agua con sus alas y haciendo plateadas olitas.

De esta manera se desenvolvió su cortejo durante todo el verano.

-Es un noviazgo ridículo –piaron las otras golondrinas-. Él no tiene dinero, carece de relaciones, y encima el río está lleno de sus parientes los otros junquillos, además, cuando el otoño venga todas nosotras volaremos lejos de aquí.

Llegado el momento, las golondrinas se fueron y ella se quedó sola y empezó a cansarse de su amado.

-Carece de conversación –reflexionaba- y me temo que sea un conquistador porque siempre está flirteando con la brisa.

Y era cierto, pues, cuando ésta soplaba, el Junquillo se inclinaba ante ella galantemente una y mil veces.

-Admito que sea hogareño –continuó la golondrina-, pero a mí me gusta viajar, y, a mi esposo, consecuentemente, tiene que agradarle también.

-¿Vienes conmigo? –le pregunto al final.

El Junquillo dijo que no con la cabeza porque estaba muy unido a su hogar.

-¡Veo que te importo muy poco! –gritó ella- Estoy muy lejos de las pirámides, así que me voy. ¡Adiós! –y se alejó volando.

A lo largo de todo el día estuvo de viaje y al atardecer arribó a la ciudad.

-¿En dónde voy a instalarme? –se preguntó- Espero que la ciudad tenga preparado algún tipo de alojamiento en estos casos.

Entonces vio la estatua sobre una elevada columna.

-Quiero aposentarme ahí arriba –exclamó-; es un buen lugar con abundancia de aire fresco.

Y descendió hasta situarse entre los pies del Príncipe Feliz.

-Tengo un dormitorio dorado –se dijo blandamente mientras miraba en derredor y ya se disponía a dormir, pero justo estaba poniendo la cabeza bajo el ala, cuando una gran gota de agua cayó sobre ella.

-¡Qué cosa más curiosa! –comentó-; aquí no hay una sola nube en el cielo, las estrellas están completamente claras y brillantes, y, sin embargo, llueve. El clima en el norte de Europa es verdaderamente terrible. Pero al Junquillo le gustaba la lluvia simplemente porque es un egoísta.

Entonces cayó otra gota.

-¿Para que sirve una estatua si no puede guarecerte de la lluvia? –se dijo- Debo procurarme el cobijo de una buena chimenea –y decidió volar de nuevo.

Pero antes de que desplegase las alas, cayó una tercera gota y al mirar hacia arriba vio... ¡Ah, qué es lo que vio!

Los ojos del Príncipe Feliz estaban llenos de lágrimas y éstas se deslizaban incontenibles por sus mejillas de oro. Su rostro era tan hermoso a la luz de la luna, que la pequeña golondrina se sintió llena de piedad.

-¿Quién eres tú?- preguntó.

-Yo doy el Príncipe Feliz.

-¿Entonces, por qué estás llorando? –quiso saber la golondrina –Me has dejado completamente empapada.

-Cuando estaba vivo y tenía un corazón humano –respondió la estatua-, no conocía las lágrimas porque moraba en el palacio del Sans-Souci, en donde la tristeza tenía prohibida la entrada. Durante el día, jugaba con mis compañeros en el jardín y al caer la noche bailaba en el gran salón. Rodeando el jardín había un muro muy alto, pero nunca me preocupé en preguntar que se extendía detrás de él; ¡todo cuanto había a mi alrededor era tan hermoso! Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y yo era dichosos de veras, si es que el placer otorga la felicidad. Así viví y así morí. Y ahora que estoy muerto, me han colocado aquí arriba, tan alto, que puedo ver todo lo feo y todo lo miserable de mi ciudad, y aunque mi corazón esté hecho de plomo, no puedo dejar de llorar.

-Pero, ¿no es de oro puro? –se interrogó la golondrina ya que era demasiado educada para realizar una observación personal en alta voz.

-Allá lejos –prosiguió la estatua con su acento musical-, allá lejos, en una callejuela hay un pobre hogar. Una de las ventanas está abierta y a través de ella puedo ver a una mujer sentada a la mesa. Su rostro es delgado, está envejecido y tiene las manos toscas y rojas, llenas de alfilerazos por la aguja, ya que es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de satén para las más adorable de las doncellas de honor de la reina, que irán al próximo baile de la corte. En un ángulo de la habitación, su hijito está acostado en la cama, enfermo. Está con fiebre y pide naranjas. Su madre no tiene nada que darle como no sea agua del río y el niño llora. Golondrina, golondrina, pequeña golondrina, ¿quieres llevarle el rubí de la empuñadura de mi espada?; tengo los pies clavados a este pedestal y no puedo moverme.

-Me aguardan en Egipto, -repuso la golondrina-; mis amigas ya están volando sobre el Nilo y charlando con las flores de loto, pronto dormirán en la tumba del gran rey. El rey está allí en su ataúd pintado; yace envuelto en lino amarillo y ha sido embalsamado con especias. Alrededor de su cuello luce una cadena de jade verde pálido y sus manos son iguales a hojas marchitas.

-Golondrina, golondrina, pequeña golondrina, -dijo el Príncipe-, ¿no quiere permanecer conmigo una sola noche y ser mi mensajera?; el muchacho está sediento y la madre ¡tan triste!...

-A mi no me gustan los chicos –le explicó la golondrina-. El último verano, viviendo yo junto al río, había allí dos muchachos muy brutos, hijos del molinero, que estaban siempre tirándome piedras. Por supuesto nunca me dieron, porque nosotras las golondrinas volamos demasiado lejos de su alcance, y, por otra parte, yo provengo de una familia célebre por su agilidad, mas aún así, semejante comportamiento era señal de poco respeto.

El Príncipe Feliz miró tan apesadumbrado a la pequeña golondrina que ésta se entristeció.

-Hace mucho frió aquí –repuso-, sin embargo me quedaré contigo por una noche, y seré tu mensajera.

-Gracias, pequeña golondrina –dijo el Príncipe.

La golondrina arrancó el gran rubí de la empuñadura de la espada del Príncipe y con él en su pico voló sobre los tejados de la ciudad.

Volando pasó cerca de la torre de la catedral que era en donde estaban esculpidos los ángeles de mármol blanco. Pasó junto a palacio y pudo escuchar el sonido de la música de baile. Una hermosa muchacha salió al balcón con su enamorado.

-¡Qué maravillosas son las estrellas –le decía él-, y que maravilloso es el poder del amor!

-Estoy esperando mi vestido y quiero que esté listo a tiempo para el baile –respondió ella-. He ordenado que me lo borden con pasionarias, ¡pero estas costureras son tan perezosas!

La golondrina voló sobre el río y vio las farolas colgando de los mástiles de los barcos. Voló sobre el ghetto, y vio a los viejos judíos regateando entre ellos y pesando dinero en balanzas de cobre. Finalmente llegó a la humilde casa y miró adentro. El chico se encontraba en su cama, tosiendo enfebrecido y la madre se había quedado dormida porque hallábase muy cansada.

La golondrina se introdujo en la habitación y dejó caer el enorme rubí sobre la mesa, cerca del dedal de la mujer. Entonces revoloteó suavemente alrededor de la cama, abanicando la frente del niño con sus alas.

-¡Qué fresco siento! –exclamó en chico- Debo estar mejor -y cayo en un delicioso sueño.

De nuevo la golondrina voló regresando junto al Príncipe Feliz y le contó lo que había visto.

-Es curioso –comentó-, pero he entrado en calor ahora, aunque hace tanto frío.

-Eso es porque has realizado una buena acción –dijo le Príncipe, y la pequeña golondrina comenzó a pensar y después se durmió; siempre que pensaba le entraba sueño.

Al despuntar el día, ella voló sobre el río y tomó un baño.

-¡Qué fenómeno más notable! –dijo el profesor de ornitología, mientras pasaba por el puente- ¡Una golondrina en invierno! –y escribió una larga carta acerca de ello enviándola al periódico local. Cada lector se interesó mucho, pero estaba llena de tantas palabras que no lo pudieron entender.

-¡Esta noche me iré a Egipto! –proclamó la golondrina y estaba muy animada ante la perspectiva. Pero antes fue a visitar todos los monumentos públicos, permaneciendo largo tiempo sobre el campanario de la iglesia.

Donde quiera que ella pasaba los gorriones murmuraban entre sí:

-¡Qué extranjera más distinguida! –lo que a ella la colmaba de satisfacción.

Cuando salió la luna voló hacia el Príncipe Feliz.

-¿Has de darme algún recado para Egipto? –quiso saber-; tengo que partir ahora.

-Golondrina, golondrina, pequeña golondrina –rogó el Príncipe-, ¿quieres quedarte conmigo otra noche más?

-Me esperan en Egipto –respondió la golondrina-. Mañana mis amigas volarán sobre la segunda catarata. Allí los hipopótamos se acuestan entre los cañaverales, y sobre un gran trono de granito está sentado el dios Memnón. Toda la noche vigila las estrellas y cuando amanece el lucero del alba, exhala un grito de alegría y luego queda en silencio. A medio día los amarillos leones se acercan a beber al borde de la laguna; tienen los ojos verdes como berilos y rugen con una fuerza que sobrepasa el estruendo de la catarata.

-Golondrina, golondrina, pequeña golondrina –dijo el Príncipe-, lejos, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla, está ante un escritorio cubierto de papeles, y en un jarro que hay sobre la mesa, se marchita un ramo de violetas. Su pelo es castaño y se encuentra revuelto, sus labios son rojos como la granada y sus ojos grandes y soñadores. Está ansioso por concluir un libreto para el director del teatro, pero se halla demasiado entumecido por el frío para poder escribir. No hay fuego en la chimenea y está hambriento y muy débil.

-Me quedaré contigo otra noche más –se avino la golondrina, quien en verdad tenía muy buen corazón-. ¿Debo llevarle otro rubí?

-¡Ay de mí!, no tengo ya rubíes –exclamó el Príncipe-, mis ojos son lo único que me queda. Están hechos de raros zafiros traídos de la India hace mil años. Sácame uno de ellos y dáselo a él. Puede venderlo al joyero, comprar comida y leña y terminar su obra.

-¡Querido Príncipe –protestó la golondrina-, eso no puedo hacerlo! –y comenzó a llorar.

-Golondrina, golondrina, pequeña golondrina –rogó el Príncipe-, haz lo que te pido.

Así pues la golondrina arrancó el ojo al Príncipe y voló hasta la buhardilla del estudiante. Era muy fácil entrar allí por un agujero en el tejado, y ella, rauda como una flecha, penetró en la habitación. Puesto que el joven tenía el rostro entre las manos, no atendió el revoloteo de sus alas y cuando miró vio el hermoso zafiro caído sobre el ramo de las violetas marchitas.

-¡Estoy comenzando a ser apreciado! –exclamó-. Seguro que esto viene de parte de algún importante admirador. Ahora podré terminar mi obra –y contempló el zafiro por completo feliz.

Al día siguiente la golondrina voló hacia la bahía, y posándose sobre el mástil de un gran bajel vio a los marineros arrastrando enormes cajas por medio de maromas e izando después cada una de ellas.

-¡Me voy a Egipto! –pregonó la golondrina, pero nadie estaba dispuesto a escucharla, y cuando la luna salió, fue volando a reunirse con el Príncipe Feliz.

-He venido a decirte adiós- exclamó.

-Golondrina, golondrina, pequeña golondrina –rogó el Príncipe-, ¿quieres quedarte conmigo una noche más?

-Estamos en invierno –objetó la golondrina-, y el escalofrío de la nieve pronto estará aquí. En Egipto el sol calienta las verdes palmeras y los cocodrilos se acuestan en el lodo y miran perezosos alrededor suyo. Mis compañeras hacen sus nidos en las edificaciones de Baalbec, y las palomas rosadas y blancas están arrullándose en los salientes de los templos. Querido Príncipe, he de dejarte, pero nunca te olvidaré, y la próxima primavera te traeré dos hermosas joyas en lugar de las que me diste. El rubí será más rojo que la más encendida rosa, y el zafiro puede ser tan azul como el inmenso mar.

-Allá abajo en la plaza –indicó el Príncipe Feliz-, hay una pequeña cerillera. Ha dejado caer los fósforos en el arroyo, y se han mojado. Su padre la pegará si no trae a casa algún dinero y la niña está llorando. No tiene zapatos ni medias y lleva la cabeza sin sombrero. Arráncame el otro ojo y dáselo a ella, así su padre no la pegará.

-Permaneceré contigo otra noche –repuso la golondrina-, pero no te arrancaré el ojo; ¡te quedarías completamente ciego!

-Golondrina, golondrina, pequeña golondrina –rogó el Príncipe-, haz lo que te lo pido.

Ella entonces le arrancó el otro ojo, voló rauda como una flecha, pasando por encima de la pequeña cerillera, y deslizó la joya dentro de su mano.

-¡Qué encantador pedazo de cristal! –exclamó la muchachita y se fue corriendo a su casa entre risas.

Entonces la golondrina volvió con el Príncipe.

-Ahora que tú estás ciego –le dijo-, me quedaré contigo para siempre.

-No pequeña golondrina –contestó el pobre Príncipe-, debes irte a Egipto.

-Me quedaré contigo para siempre –repitió la golondrina y se durmió a los pies del Príncipe.

Todo el día siguiente estuvo posada sobre el hombro del Príncipe Feliz contándole historias que tenían que ver con tierras extranjeras. Le habló de los rojos ibis que permanecían en hileras a los largo de las riberas del Nilo cogiendo peces de oro con sus picos; de la Esfinge que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que andan lentamente junto a sus camellos mientras pasan entre los dedos las cuentas ámbar de sus rosarios; del rey de las montañas de la Luna, que es negro como el ébano y adora un gran cristal; de la enorme serpiente verde que duerme en una palmera y tiene veinte sacerdotes que la alimentan con pasteles de miel; y de los pigmeos que navegan sobre un gran lago en anchas hojas planas, y que están siempre en guerra con las mariposas.

-Pequeña y querida golondrina –dijo el Príncipe-, tú me hablas de cosas maravillosas, pero más maravilloso es el sufrimiento de hombres y mujeres; no hay misterio tan grande como la miseria. Vuela sobre mi ciudad, pequeña golondrina y dime que es lo que ves.

Entonces la golondrina voló sobre la gran ciudad y vio a los ricos gozosos en sus alegres mansiones mientras los mendigos estaban sentados a sus portales. Voló por el interior de oscuras callejuelas y vio las blancas caras de los niños hambrientos contemplando con ojos apagados las negras calles.

Debajo de los arcos de un puente dos chicos pequeños pretendían engañar al frío confundidos en un abrazo.

-¡Cuánta hambre tenemos! –se lamentaban.

-No debéis estar aquí –les reprendió un vigilante y ellos se marcharon caminando bajo la lluvia.

La golondrina voló, contándole al Príncipe lo que había visto.

-Estoy recubierto de láminas de oro fino –dijo el Príncipe-, debes quitármelas una por una, dándoselas a los pobres; creo que el oro puede hacerles felices.

Lámina tras lámina de oro fino fue arrancando la golondrina con su pico hasta llevárselas todas y el Príncipe Feliz se quedó completamente despojado igual que un pobre, y los niños recobraron el color en sus rostros, y rieron y jugaron en la calle.

-¡Tenemos pan ahora! –gritaban.

Cuando la nieve cayó y después de la nieve vino la escarcha, las calles brillaban tan resplandecientes como si estuvieran hechas de plata; carámbanos cristalinos, aguzados como dagas, colgaban desde los aleros de las casas; la gente iba envuelta en pieles y los niños lucían rojas capuchas y patinaban sobre el hielo.

La pobre golondrina tenía más y más frío, pero no deseaba abandonar al Príncipe; le quería demasiado. Picoteaba las migas de la panadería cuando el panadero no estaba mirando e intentaba darse calor agitando las alas.

Mas al final dióse cuenta de que se moría; sólo le quedaban fuerzas para volar otra vez hasta el hombro del Príncipe.

-¡Adiós, querido Príncipe –murmuró-, ¿puedo besar tu mano?

-Me siento muy contento de que por fin te marches, pequeña golondrina –dijo el Príncipe-; ya has permanecido demasiado tiempo aquí, pero debes besarme en los labios porque te amo.

-No es a Egipto a donde voy –replicó la golondrina- Voy a la Casa de la Muerte. La Muerte es la hermana del Sueño, ¿no es cierto?

Y besó al Príncipe en los labios cayendo muerta a sus pies.

En ese momento un crujido singular resonó dentro de la estatua como si se estuviera rompiendo, y es que el corazón de plomo se había partido en dos. Además hacía un frío terrible.

A la, mañana siguiente, temprano, el Alcalde estaba paseando por la plaza en compañía de los concejales.

Cuando llegaron junto a la columna, miró hacia arriba en dirección a la estatua.

-¡Dios mío!, ¿qué miserable Príncipe Feliz es el que veo?

-¡Cuán miserable, ciertamente! –corearon los concejales que siempre estaban de acuerdo con el Alcalde, y contemplaron al Príncipe.

-El rubí ha caído de su espada, no tiene ojos y ya no es de oro –dijo el Alcalde-. Ahora no resulta mejor que un mendigo.

-¡Ahora no resulta mejor que un mendigo! –repitieron a coro los concejales.

-¡Y hay un pájaro muerto a sus pies! –prosiguió el Alcalde- Debemos promulgar un edicto: los pájaros no han de morirse aquí.

Y el secretario dl Ayuntamiento tomó nota de la sugerencia.

Entonces, entre todos, echaron abajo la estatua del Príncipe Feliz.

-Como ya no es hermosa, ha dejado de ser útil –comentó el profesor de la Universidad.

La estatua se fundió en un horno, y el Alcalde convocó una reunión del pleno, para decidir que habían de hacer con el metal.

-Deberíamos tener otra estatua, por supuesto –dijo-, y puede ser mi propia estatua.

-¡O la mía! –exclamó cada uno de los concejales y se pusieron a discutir.

Cuando se les vio por última vez aún seguían litigando.

-¿Qué cosa más extraña! –dijo el capataz de los obreros de la fundición. Este corazón de plomo está roto pero el plomo no se ha fundido. Debemos tirárlo.

Así que lo arrojaron sobre un montón de basura en donde también se hallaba la golondrina muerta.

******

-Tráeme las dos cosas más preciosas que haya en la ciudad –le ordenó Dios a uno de Sus ángeles, y el ángel le trajo un pesado corazón de plomo y una golondrina muerta.

-Has hecho bien las cosas –dijo Dios-, porque en mi Jardín del Paraíso este pajarito podrá cantar eternamente, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz entonará mis alabanzas.

FIN

viernes, 18 de noviembre de 2011

ROMANCERO POPULAR ESPAÑOL

Los romances son poemas épicos o épico-líricos, casi siempre breves, compuestos originariamente para ser cantados o recitados al son de un instrumento.
Están formados por un número indefinido de versos octosílabos con rima asonante en los pares - manteniendo casi siempre la misma rima durante toda la composición -, mientras quedan libres los impares.
Conservamos gran número de romances viejos porque en los siglos XV y XVI, como sucedió con la lírica popular, se recopilaron en Cancioneros o Romanceros, como el Cancionero de Romances , publicado hacia 1547 o el Romancero General de 1600. También se han conservado - con la creación a su vez de nuevos romances - en la tradición oral moderna, con numerosas variantes, en la Península, Hispanoamérica y la comunidades judeo-sefardíes.  (Texto extraído de la página "El rincón castellano:  http://www.rinconcastellano.com/edadmedia/romancero.html#)

Los romances tradicionales, además de tener un gran valor como testigo de la historia de nuestro país, posee el atractivo de ser fundamentalmente oral, de narrar historias caballerescas muchas veces, se pueden esceníficar, ser cantados, ilustrados; por todo ello, resultan muy motivantes para los niños que una vez aprendidos no los olvidarán. Se puede buscar información al respecto de la tradición oral española en dos portales temáticos de la biblioteca virtual Miguel de Cervantes:
http://bib.cervantesvirtual.com/portal/literaturapopular/
http://bib.cervantesvirtual.com/portal/Platero/portal/lirica/

A continuación adjunto mis romances favoritos:

ROMANCE DEL  CONDE FLORES
Grandes guerras se publican
Por la tierra y por el mar
Y al Conde Flores le nombran
Por capitán general.

Lloraba la condesita,
No cesaba de llorar:
Acaban de ser casados
Y se tienen que apartar.

-¿Cuántos días, cuántos meses
piensas estar por allá?;
-Deja los meses condesa,
Por años puedes contar.
Si a los tres años no vuelvo
Viuda te puedes por dar;

Pasan los tres y los cuatro,
Nuevas del conde no dan.
Ojos de la condesita
No cesaban de llorar.

Un día estando en la mesa
Su padre le empieza a hablar.
¿Por qué no te casas, hija,
porqué no te casas ya?
Condes y duques te piden
Te debes, hija, casar.

No lo quiera Dios del cielo
Que yo me vuelva a casar.
Carta en mi corazón tengo
Que don Flores vivo está.
Dame licencia mi padre
Para al conde ir a buscar.

Mi licencia ya la tienes
Mi bendición además.
Se retiró a su aposento
Llora que te llorarás.
Se quitó medias de seda,
De lana las fue a calzar,
Quitó zapatos de raso,
Los puso de cordobán,
Y un bríal de seda verde
Que valía una ciudad.
Y esportillas de romero,
Sobre el hombro se echó atrás.

Anduvo siete reinados
Morería y cristiandad
Anduvo por mar y tierra
no pudo al conde encontrar.

Cansada va la romera
Que ya no puede andar más,
Subió a un monte, bajo a un valle
Un castillo vio asomar.

Bajando por unas piedras
Gran vacada fue a encontrar.

-Vaquerito, vaquerito
Te quería preguntar
¿de quién llevas tantas vacas
todas de un hierro y señal?;

-Del conde Flores señora,
Que en aquel castillo está.;
-¿El Conde Flores es tu amo?
¿Cómo vive por acá?;

-De la guerra vino rico,
Mañana se va a casar.
Están muertas la gallinas
Y están amasando el pan
Y la gente convidada
De lejos viniendo van;

-Vaquerito, vaquerito,
Por la Santa Trinidad.
Por el camino más corto
has de encaminarme allá.

Jornada de todo el día
En medio lo hubo de andar.
Llegando frente al castillo
Al conde pudo encontrar.
Arriba estaba la novia
En un alto ventanal.

-Dame limosna buen conde,
Por amor y caridad.
-Oh que ojos de romera,
yo en mi vida les vi tal;

Sí los habrás visto, conde,
si en Sevilla estado has;
-¿La romera es de Sevilla?
¿Qué se cuenta por allá?
-Del Conde Flores, señor,
Poco bien y mucho mal;

Echose mano al bolsillo
Un real de plata le da.
Para tan grande señor
poca limosna es un real;

pues pída la romerica,
que lo que pida tendrá.
Pido ese anillo de oro
que en tu dedo chico está;

Abriose de arriba abajo
El hábito de sayal.
-¿No me conoces, buen conde?
Mira si conocerás
El brial de seda verde,
Que me diste al desposar;

Al mirarla en aquel traje
Cayose el conde hacia atrás,
Ni con agua ni con vino
Se podía despertar,
Sino con palabras dulces
Que la romera le da.

-Malhaya la romerica
¿quién la trajo por acá?;
-No la maldigáis ninguno
Que es mi mujer natural
Con ella vuelvo a mi tierra.
adiós Dios señores quedad;

Quédese con Dios la novia,
Vestidita y sin casar,
Que los amores primeros
Son muy malos de olvidar.

 ROMANCE DE LA DONCELLA GUERRERO
A un capitán sevillano
siete hijas le dio Dios
y tuvo la mala suerte
que ninguno fue varón.

Un día la más pequeña
le cayó la inclinación
de que se fuera a la guerra
vestidita de varón.

- Hija, no vayas, no vayas,
que te van a conocer,
llevas el pelo muy largo
y dirán que eres mujer.

- Padre, si lo llevo largo,
padre, córtemelo usted
que con el pelo cortado
un varón pareceré.

Siete años en la guerra
y nadie la conoció.
Un día al subir al caballo
la espada se le cayó
y en vez de decir maldito,
dijo, ¡maldita sea yo!

El rey que la estaba oyendo
a palacio la llevó;
arreglaron los papeles
y con ella se casó.
Aquí se acaba la historia
de la niña y el varón.

ROMANCE DEL CONDE OLINOS
Madrugaba el Conde Olinos,
mañanita de San Juan,
a dar agua a su caballo
a las orillas del mar.

Mientras el caballo bebe
canta un hermoso cantar:
las aves que iban volando
se paraban a escuchar;

caminante que camina
detiene su caminar;
navegante que navega
la nave vuelve hacia allá.

Desde la torre más alta
la reina le oyó cantar:
-Mira, hija, cómo canta
la sirenita del mar.
-No es la sirenita, madre,
que esa no tiene cantar;
es la voz del conde Olinos,
que por mí penando está.
 -Si por tus amores pena
yo le mandaré matar,
que para casar contigo
le falta sangre real.
-¡No le mande matar, madre;
no le mande usted matar,
que si mata la conde Olinos
juntos nos han de enterrar!

-¡Que lo maten a lanzadas
y su cuerpo echen al mar!
Él murió a la media noche;
ella, a los gallos cantar.

A ella, como hija de reyes,
la entierran en el altar,
y a él, como hijo de condes,
unos pasos más atrás.

De ella nace un rosal blanco;
de él, un espinar albar.
Crece el uno, crece el otro,
los dos se van a juntar.
La reina, llena de envidia,
ambos los mandó cortar;
el galán que los cortaba
no cesaba de llorar.

 De ella naciera una garza;
de él, un fuerte gavilán.
Juntos vuelan por el cielo,
juntos vuelan para a par.







lunes, 14 de noviembre de 2011

CARMEN CONDE

(1907-1996)  Escritora cartagenera y primera mujer en ingresar en la real academia de la lengua española; esposa del también poeta Antonio Oliver Belmas. Del matrimonio nació sin vida una única hija; por eso decidieron legar su herencia intelectual y patrimonio a la ciudad de Cartagena, creandose "El Patronato Carmen Conde y Antonio Oliver"  con la finalidad de perpetuar el legado literario de la pareja. Por méritos propios ha sido reconocida como una de los mejores poetas del siglo XX.
En la Web del citado patronato se puede encontrar una completa biografía de Carmen Conde, selección de poemas, así como una Unidad Didáctica pensada para trabajar en el aula su obra poética "Despertar", este sería su enlace http://www.patronatocondeoliver.es/
Carmen Conde dedicó buena parte de su obra al público infantil, destacando "Canciones de Cuna y Desvelo" y "Despertar" en poesía; así como "Doña Centenito" (la historia de la vida de una gata salvage" y que se puede encontrar íntegro en la red) o "Cuentos del Romancero" en el que narra las historias que se escuchan en las canciones y poesías del romancero, lo que permite trabajar paralelamente a la autora y el romancero popular español. La biblioteca virtual "Miguel de Cervantes" contiene mucho material de Carmen Conde. http://bib.cervantesvirtual.com/bib_autor/carmenconde/
Adjunto alguna de las muchas perlas compuestas por mi paisana:

ROSAS EN LA MAR
Sus rosas sobre la mar
y se fueron caminando,
por la orilla de la playa
unos muchachos cantando.

Dejaban detrás los montes,
las rosas iban flotando,
mientras ellos con sus cantos,
mundos estaban buscando.

Nunca pensé que las rosas,
pudieran estar gozando,
de aquellas sales del mar,
que las van acariciando.

Quisiera tenerte a tí,
como a las rosas, tomando,
de la mar su posesión,
con celo de amor de pájaro.

PERO, MI NIÑO, ES TAN DÉBIL
Le dije a la luz: no quiero
que la noche me persiga,
y la luz me contestó,
lo imposible no lo pidas.

Quiero que todos me vean,
porque estoy desconsolada,
elamor que era mi vida,
la noche siempre lo apaga.

Ya no vendrá por la noche,
sólo brillará en el día,
es un amor tan pequeño,
que necesita alegría.

Yo puedo quererle siempre,
si hace sol o no lo hace,
pero, es un amor tan débil
que necesita alumbrarse.

VILLANCICO DEL SILENCIO
Pasito a paso se asoma,
la raíz del que será
árbol que entregue la sombra,
al que busque descansar.

El granito germinado,
al árbol hizo nacer,
y nosotros, adorándolo
le empujamos a nacer.

¿Quién su rumor no lo escucha
cuando lo pueblan las aves,
y bebe su luz y lucha
por el afán de acercársele?

domingo, 13 de noviembre de 2011

GLORIA FUERTES

Se trata de una escritora española de gran producción literaria dirigida a los niños. Personalmente prefiero sus poemas, además conectan muy bien con los niños pues Gloria ha sabido captar la sensibilidad infantil y el gusto de reirse de las cosas absurdas. Es idónea para trabajar en la etapa de educación infantil y primer ciclo de primaria.
Entre sus obras destaco "Versos Fritos" y la selección de sus mejores poemas; aunque tiene una extensa obra. La biblioteca virtual Miguel de Cervantes ha dedicado una sección en biblioteca de autores. http://bib.cervantesvirtual.com/bib_autor/Fuertes/ . Del mismo modo la fundación Gloria Fuertes ha dejado algunas de sus poesías más populares como "Doña Pito Piturra", "El dentista en la Selva" o "Los reyes magos", este es su enlace http://www.gloriafuertes.org/biografia.htm

  Aquí adjunto tres de mis poemas favoritos:

TODO ESPERA QUE TE ESPERA
Todo espera que te espera,
a la ola,
la playa con su arena,
espera ser flauta el pito,
el huevo,
espera ser pollito,
la flor espera ser pera,
el gusano de seda espera ser capullo,
el capullo espera ser mariposa,
la mariposa espera se otra cosa,
la otra cosa espera ser otoño,
el otoño espera ser invierno,
el invierno espera ser cuaderno,
el cuaderno esppera ser libro,
el libro espera ser leido,
el relámpago espera ser trueno,
el trueno espera ser rayo,
el rayo espera ser lluvia,
la lluvia espera ser mayo,
el mayo espera ser flores,
la cueva espera ser luz,
el niño espera ser hombre,
el hombre espera el autobús.

Como se dibuja a un niño

Para dibujar un niño
hay que hacerlo con cariño.
Pintarle mucho flequillo,
- que esté comiendo un barquillo -;
muchas pecas en la cara
que se note que es un pillo;
- pillo rima con flequillo
y quiere decir travieso -.
Continuemos el dibujo:
redonda cara de queso.

Como es un niño de moda,
bebe jarabe con soda.
Lleva pantalón vaquero
con un hermoso agujero;
camiseta americana
y una gorrita de pana.
Las botas de futbolista
- porque chutando es artista -.
Se ríe continuamente,
porque es muy inteligente.
Debajo del brazo un cuento
por eso está tan contento.

Para dibujar un niño
hay que hacerlo con cariño.

LA BRUJA BURBUJA
Mago,


majo,


cara


de ajo.


Por birbilirroque,


sácame la espina


del cogote.




Bruja


Burbuja,


maga,


maja,


cara


de paja,


por la hieba


de culantrillo,


sácame, los granos


debajo del flequillo.




Bruja Burbuja,


bruja blanca,


de rana de anca


y pelos de ajo,


haz un brebajo


para que los pobres


tengan trabajo.





Haz una bebida


para que mi club


gane la partida.




Haz un puré de bellota


para que en el cole


tenga buena nota.